sábado, 4 de febrero de 2012

A la conquista de ¿la Luna o Marte? Parte II.

Por Ricardo López Göttig

El filósofo Carlos Cantor estaba entusiasmado con la reunión fundacional celebrada en su hogar, y celebraba la sana competencia de ideas en torno al cuerpo celeste a ocupar, fuera la Luna o Marte. De esa puja, suponía, saldría una propuesta los llevaría a la conquista de un nuevo mundo.
Con lo que no contó el gran propulsor del viaje espacial eran las rencillas que esta división ocasionó entre "selenitas" y "marcianos", que llevarían a ambos campos a circular teorías conspirativas durante el largo proceso de investigación.
Los partidarios de la ocupación de la Luna arguyeron que el satélite no era más que una prolongación natural del cuerpo terrestre y que, por lo tanto, era una consecuencia natural esa conquista. Marte, en cambio, seguramente estaba poblado por marcianos que, lejos de ser belicosos, bien podían ser potenciales víctimas de una agresión imperialista. Y para ello hicieron circular ejemplares de las "Crónicas marcianas" de Ray Bradbury, previniendo del genocidio que podían llegar a causar en el planeta rojo.
Los impulsores de Marte, por su lado, no hicieron más que reflotar las teorías conspirativas en torno a la misión del Apolo XI, insistiendo en que no sólo esa misión fracasó, sino que además el satélite sí está poblado por alienígenas de otros mundos en su parte no visible, preparándose en secreto para la invasión a la Tierra. El periplo a Marte, en consecuencia, no sólo disuadiría a estos invasores, sino que además los expulsaría del sistema solar. Otros sostuvieron que si el planeta Marte estuvo poblado -siempre hablaban en pretérito-, esto daría un fuerte impulso a la investigación arqueológica e histórica, como también sería una fuente de ingresos para el turismo cósmico.
Estas disputas, en el campo del debate, fecundaron en documentos que circulaban entre partidarios, adversarios e indecisos.
Hubo quienes, alejándose de la disputa académica y olvidando las más elementales reglas del disenso, emplearon triquiñuelas para debilitar a quien pensaba diferente. Pequeños hurtos de material y cartuchos de impresoras, hojas garabateadas, sabotajes de maquetas, adulteración de los mapas de los cuerpos celestes que usaban los adversarios...
El mentor y propulsor de la misión intentó calmar los ánimos cada vez más caldeados proponiendo temas de debate que fueran comunes a cualquiera de los dos destinos. Por ejemplo, el sistema político a instaurar.
Es sabido que Carlos Cantor era un partidario de la monarquía constitucional -y, en su intimidad, se veía a sí mismo en el rol de rey filósofo-, y hacia este sendero buscó conducir a los politólogos y constitucionalistas que se habían sumado. Lejos de unificar criterios, hubo entonces quienes defendieron monarquía o república en la Luna y Marte, por lo que los campos en disputa se multiplicaron, e incluso hubo un ignoto capitán retirado de dragas propugnó una talasocracia aristocrática, a pesar de que no hubiese indicios de masas oceánicas en ninguno de los dos cuerpos celestes. Un agrónomo sugirió restaurar los clanes nómadas pastoriles. Una antropóloga deslizó la posibilidad de recuperar las sociedades matriarcales poliándricas. Un nostálgico reflotó la idea de los falansterios de Fourier. No faltó quien sostuviera, lisa y llanamente, la anarquía.

© Ricardo López Göttig

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